(Cambio – Editorial) El 2 de septiembre de 2009, el entonces presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el nicaragüense Miguel d’Escoto, en nombre de todos los países que conforman la ONU condecoró al presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Evo Morales Ayma, como ‘Héroe Defensor de la Madre Tierra’, entregándole una medalla y una plaqueta en una sencilla ceremonia que fue el marco que coronó aquel día en el Palacio Quemado de la ciudad de La Paz.

Esa histórica decisión asumida por la Asamblea General de la ONU tomó en cuenta que Evo es la voz de los pueblos que apuestan a una relación en armonía con la naturaleza, es la voz de hombres libres que denuncian al capitalismo como un sistema depredador de los recursos naturales, contaminador del aire que respiramos y del agua que bebemos, pero fundamentalmente es el principal generador de los gases de efecto invernadero —dióxido de carbono (CO2)— que alimentan el incremento de las temperaturas globales.

Es que los deshielos y la disminución de los glaciares y superficies cubiertas de hielo del planeta, provocados por el calentamiento global, afectarán a cientos de millones de personas en todo el mundo. Las principales consecuencias de estos deshielos serán la reducción de agua dulce disponible para el consumo humano y la agricultura, y el aumento del nivel del mar, que provocará no sólo desequilibrios sino desastres en las áreas costeras e insulares. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, hasta el 40% de la población mundial sufrirá directamente los efectos de la pérdida de nieves y hielos de las montañas de Asia, esto sin contar el fenómeno del derretimiento en otras regiones montañosas del planeta, como los Alpes o los Andes. El deshielo total del Chacaltaya es un dramático ejemplo.

Y a las inundaciones costeras se prevé que se sumen otros siniestros como avalanchas y derrumbes, así como desbordamientos de ríos y la emergencia de nuevos cuerpos de agua en las zonas más frías de la Tierra. Es decir, el cambio climático no sólo afectará a las zonas frías, sino a todos los ecosistemas del planeta. Por eso es de vida o muerte la urgencia de implementar políticas universales para detener el calentamiento global, no sólo a nivel de los gobiernos, sino de la población en general.

Por eso, la iniciativa del Presidente boliviano en defensa de la Pachamama adquiere trascendental importancia porque se trata de una apuesta por la conservación de los ecosistemas y una voluntad de rebeldía a favor de la permanencia de vida sobre la faz de la Tierra.

Y en la población de Tiquipaya más de 30 mil delegados de pueblos indígenas y movimientos sociales, científicos y académicos, jefes de Estado y representantes de al menos 130 países de los cinco continentes tienen desde hoy y hasta el jueves 22 la histórica responsabilidad de establecer una estrategia integral y un plan de acción mundial de los pueblos y de la sociedad civil con propuestas de acciones efectivas para enfrentar el cambio climático y defender la vida y la Madre Tierra; miles de millones de seres humanos estarán pendientes del éxito del encuentro.

Y ante el peligro que se cierne sobre la supervivencia de la vida en el planeta, el 5 de enero, y tras al fracaso de la Cumbre del Clima de Copenhague, Evo convocó a las fuerzas sociales del mundo para asumir un compromiso para defender a la Madre Tierra. A este llamado acudieron más de 30 mil seres humanos —desde los confines más alejados del globo— que llegaron a Tiquipaya con un mensaje de esperanza y dignidad, de vida.

Porque no es tolerable que los países más ricos, los principales contaminadores del planeta, asuman como algo ‘natural’ un incremento en 2 grados centígrados —como promedio— la temperatura de la Tierra, mucho menos si actualmente, con el 0,7% de aumento ya se secan lagos, desaparecen nevados y cientos de islas, emplazadas apenas por encima de 10 y 20 metros sobre el nivel del mar, se encuentran en riesgo de ser devoradas por las aguas por el derretimiento de los hielos continentales. Para Morales, “si ahora no tomamos decisiones importantes, dentro de 30 años más nuestros hijos van a tener problemas serios. Por el calor ya está muriendo gente en Europa. Y los países capitalistas no quieren cambiar sus políticas para evitar mayor daño a la naturaleza. Y si ellos —las potencias industriales— no quieren, los pueblos van a tener que hacerles cambiar”.

En mayo de 2008, Evo propuso a la ONU un decálogo para salvar a la Tierra. Ese documento contiene el pensamiento de un hombre indígena nacido en una remota comunidad del altiplano boliviano: Isallavi, y como millones de seres humanos creció excluido, marginado.

“Los cambios climáticos no son producto de los seres humanos en general, sino del sistema capitalista vigente, basado en un desarrollo industrial ilimitado. Por eso hay que acabar con la explotación del hombre y con el saqueo de los recursos naturales. Además, el Norte, rico superindustrializado, debe pagar la deuda ecológica en vez de que los países del Sur le paguen la deuda externa”, asegura la génesis de ese documento.

“Él nos enseñó que nosotros pertenecemos a la Madre Tierra, y no ella a nosotros, por eso no debemos mercantilizarla”, afirmó aquel 2 de septiembre de 2008 el entonces presidente de la Asamblea General de la ONU, Miguel d’Escoto —mientras declaraba a Evo ‘Héroe Defensor de la Madre Tierra’— y resumía el reconocimiento mundial a su infatigable lucha por una relación armoniosa con la naturaleza.

En este contexto, más de 30 mil representantes de miles de millones de seres humanos, excluidos de las decisiones sobre el futuro del planeta, abrirán hoy en Tiquipaya la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático convocada por el ‘Héroe Defensor de la Madre Tierra’, porque la Pachamama nos exige elegir entre la vida y la muerte, y los pueblos apostamos —ni duda cabe— por la vida.