Por Coco Cuba

Tiquipaya, BOLIVIA, 21 abr (ABI).- Kimia Ghomeshi y Fatemeh Delavari Pariziy, dos jóvenes iraníes, la primera procedente de Toronto, Canadá, donde actualmente radica y, la segunda, de Teherán, coincidieron en Tiquipaya, un poblado quechua enclavado en los Andes bolivianos, convertido en una suerte de ecúmene, a miles de kilómetros de donde nacieron los padres de ambas, con el mismo propósito: gritar su oposición a la emisión de gases nocivos y al calentamiento global.

No hubo necesidad que la primera, de cabello recortado que destacaba sutilmente un ‘pircing’ en uno de los lóbulos y enfundada en un vestido tropical de seda sintética, que dejaba ver de rodillas para abajo, y la segunda, en un atuendo de color negro riguroso, más bien una túnica que le envolvía el cuerpo y que sólo dejaba entrever un rostro bello, coronado por ojazos avellana café claro, determinados por cejas pobladas dibujadas al pincel, labios carmesí y una nariz respingada, se preguntaran mutuamente sobre sus respectivas procedencias.

“Me llamo Kimia, Kimia, de Toronto, soy iraní canadiense”, le expuso en idioma persa, impenetrable para una veintena de curiosos que encerraron en un círculo humano el encuentro.

Fatemeh presentó una sonrisa y repuso, también en persa, salpicado de  vocablos en inglés, la alegría de encontrar en plena grama del estadio ecológico de Tiquipaya, sede de la inauguración multitudinaria de la I Conferencia Mundial de Pueblos sobre el Cambio Climático y Derechos de la Madre Tierra (CMPCC), a una coterránea en correteos por combatir, lejos de sus puestos respectivos de trabajo y estudio, el cambio climático.

“Estoy aquí como representante una red de jóvenes canadienses para la justicia climática y para aprender cómo el cambio climático está afectando a los indígenas, a las comunidades en la región latinoamericana porque en Canadá solamente tenemos conocimiento de los problemas en el contexto canadiense, pero no mucho de cómo está afectando a la gente de aquí (..) estoy aquí para colaborar”, se ofreció Kimia que alza la voz a nombre de una red de sindicatos y grupos indígenas canadienses marginalizados y que apenas concluya el encuentro mundial de Tiquipaya pegará la vuelta a casa, después de invertir en su periplo boliviano 1.800 dólares, “de mi bolsillo”.

Fatemeh desatiende la tertulia obligada por decenas de jóvenes -y no tanto- de bolivianos, chilenos y colombianos que posan, a su lado, para la posteridad.

“Estamos con un grupos de estudiantes de la universidad. Estamos aquí porque tenemos los mismos problemas que existen para todos en el mundo y queremos conectarnos con ustedes para lograr un movimiento global”, afirma por vía de Kimia que oficia de traductora.

La iraní, de 24 años y estudiante de ingeniería informática, se proclama admiradora del presidente Evo Morales y considera que el líder indígena boliviano “puede ayudar a la gente para idealizar sus metas para mejor vivir con mejores condiciones sociales. (Morales) tiene potencia para ayudar a su pueblo”.

El encuentro contra el cambio climático ha traído a Tiquipaya a jóvenes y también adultos.

Es el caso de los uruguayos Graciela Sivevik e Isidro Fernández, ambos sostenidos en sendos báculos y a quienes acompaña María del Carmen Vidal. Los tres representantes de la progresista Unión de Mujeres Uruguayas y una organización Cono Sur.

“Estamos encantados con esta fiesta del pueblo. Esto es maravilloso. Estamos encantados con el pueblo boliviano, con ese cariño que nos ha recibido” dice Sivevik y se emociona. Sus ojos azules que se condicen con su cabellera gris, humedecen.

“Evo”, cita al presidente boliviano protagonista de primer plano de la Conferencia, “ha demostrado que los pueblos pueden lograr cambios reales en esta sociedad”.

Hijo de su tiempo, Fernández, que también descansa sobre un bastón, protesta contra el capitalismo que ha trastocado las formas de su vida.

“Vamos a la transformación de un sistema que no permite tener un vida sana, natural, trabajo, educación: este sistema capitalista nos está arruinando todo”, dice y no resiste la tentación de narrar la principal anécdota de su viaje en avión a Bolivia.

“En el avión me querían vender, imagínese usted, una gotita de oxígeno, a 30 dólares”, es que estos embaucadores “nos están robando la vida”, gatilla.

La expectativa por este encuentro mundial de pueblos plantados contra el cambio climático ha traído a la florecida Tiquipaya a decenas mapuches chilenos, entre cientos de esa nacionalidad venidos desde el sur austral, de Santiago, Antofagasta e Iquique.

Uno de ellos, Oscar Lucio Tórrez, se presenta apenas reconoce al frente a un periodista boliviano tras recorrer en varios días más de 4.000 km desde el sur chileno.

“Somos del Comité de Reencuentro Chileno Boliviano. Hemos venido (a Tiquipaya) por tierra en cuatro autobuses, desde la Región Metropolitana, Santiago, del sur, de Antofagasta y otros de Iquique”, afirma al tiempo que enseña la bandera distintivo de nacionalidad de los pueblos indios que habitan territorios en Chile.

Se trata de una bandera de tres franjas horizontales equivalentes. Celeste la primera; verde la segunda y la última roja y una más delgada de color negro con cinco cruces andinas de la preincaica civilización tiawanacota, la más longeva de América.

Su coterráneo Alejandro López, del Consejo de Defensa del Valle de Huasco, entre la tercera y cuarta región chilenas, se ha puesto en el subandino boliviano sin reparar en los ” 530.000 pesos” que valen su viaje a Bolivia.

En Tiquipaya López busca “entregar” y difundir “la experiencia que tenemos en estos 10 años de lucha contra el proyecto (de privatización) de Pascua de Lama y Barry Gold y básicamente contra los gobiernos de la Concertación (de socialistas y demócrata cristianos) en mi país”.

Lo alienta, principalmente, la motivaciones “que de aquí (Bolivia) salga una voz de toda América que la Madre Naturaleza es más importante que los hombres del norte del mundo se llenen los bolsillos”.

Busca alzar un grito de reivindicación de que “los sudamericanos, mal llamados ‘sudacas’, somos gentes inteligente, de bien, maravillosa que merecemos vivir en el continente más rico del planeta”.

De cabellos ensortijados, tez blanca, esbelta y taxativa para contestar con monosílabos, la argentina Elionora, oriunda de la provincia Entre Ríos y que dice representar sino a ella misma, se ha desplazado a Bolivia “por propios medios”

“Quiero estar presente en esta movida, en este evento, en esta discusión, me parece muy importante y apoyar también”, concluye y enrumba hacia la cancha, mientras un ‘cumtrum’, un tambor mapuche, desgrana “tum-tumes”.

Elionora se pierde en medio de este mosaico humano antes de rozar a Liliana, una médica cubana, parte de los 43 galenos de su país presentes en el estadio de fútbol para brindar atención a aquel vencido por el sol canicular que acompaña esta inédita ecúmene de indios venidos de todas las latitudes del planeta y que ha obligado a la maestra venezolana Nilda Díaz Quezada a encasquetarse un jacquet y cubrir sus ojos negros con antíparras contra el sol.

Adonis Garallo, un paraguayo de 26 años procedente de Ciudad del Este, es otro de los que ha invertido de su propio peculio 2 millones de guaranís para instalarse en Tiquipaya.

“Vengo particularmente. Gasto mi plata”, recalca este joven caucásico, más bien de complexión robusta, mientras expone su expectativa sobre la CMPCC.

“Espero que la gente tome conciencia de lo que está pasando con el planeta y que la gente sea igual y que tenga igual pensamiento, que todos los que nos preocupemos por el planeta”, dice exultante y deslumbrado por lo que vive en Bolivia”

Procedente de Nueva York, la activista Taleig Smith coordina un grupo de 47 ambientalistas y activistas de su país que se han puesto en Bolivia para expresar sus reclamos como parte de un segmento socialmente apartado en Estados Unidos.

El colectivo que esta esbelta rubia neoyorkina lidera en Bolivia apoya sin requiebros “la iniciativa de Evo Morales”.

Se trata de la Coalición del Nordeste del Bronx, del Clero y la Comunidad, que representa a

“comunidades marginalizadas y contaminas en los Estados Unidos”, el país más contaminante, con el 20% de la emisiones tóxicas en el planeta.

“Hay comunidades muy aisladas y también muy oprimidas que están luchando por la justicia dentro de los EEUU”, afirma.

Por las calles recién pavimentadas de esta ciudad de 4.000 habitantes, conmovida por un flujo inusual de personas y vehículos, se desplaza Carlos Alberto Castaño, un colombiano que rueda por Sudamérica, en bicicleta, móvil de su combate contra la contaminación ambiental y acústica del planeta.

Viene de la ciudad del Tolima, capital del central departamento de Ibagué con la “Ciclo Expedición por Sudamérica” que lucha por el derecho social sobre  el agua, la Amazonia, la integración la movilidad y la pobreza.

“Estamos promoviendo la bicicleta como medio de resistencia al capitalismo y como transporte más humano”, proclama este hombre de entradas canas y abdomen prominente que realiza un inusual viaje con uno de sus vástagos de 14 años.

La argentina Julieta Sagués, una hippiesca joven terapista del humor, de cabellos rastados y ojos perfectamente circulares reparte abrazos solícitos a quien, influido por los enconos, se los pida.

“Dando un poquito de abrazos gratis, estamos haciendo risoterapia”, menciona cerca de la brasileña Dayama Mezzonato, que frisa los 30 años, un tercio de ellos dedicada al Movimiento Sin Tierra, Vía Campesina que, sin ambages, pide a la CPMCC cambio de “sistema y no de clima”.

“Nosotros luchamos contra un modelo industrial de agricultura que es responsable por más del 40% de la emisiones de gas de efecto invernadero (esparcidas en el medioambiente). Es necesario cambiar el sistema, no el clima”, ratifica.

La que no debe cambiar es la modelo y actriz boliviana Carla Ortiz, enfundada pantalones jean y un blusón que denuncian sus curvas, que no escitó antes de montarse en el avión que la sacó de su rutina norteamericana y volver a su natal Cochabamba, anfitriona de la CMPCC.