(Cambio – Editorial) El presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Evo Morales Ayma, reveló que los países industrializados destinan cada día 4.000 millones de dólares a gastos militares para supuestamente “defender la seguridad nacional e internacional”. Es decir, la astronómica como inmoral cifra de 1.460.000.000.000 de dólares (un billón cuatrocientos sesenta mil millones de dólares) anuales que alimentan la industria de la muerte.

La siniestra paradoja es que ello ocurre mientras millones de seres humanos viven en la más atroz miseria y sufren hambre, y miles mueren cada día en un mundo castigado por el cambio climático causado, fundamentalmente, por las industrias de las corporaciones transnacionales que cobija el capitalismo internacional que defienden los países más ricos del mundo.

“Ese billón 460 mil millones de dólares deberían ser invertidos para salvar a la Madre Tierra, porque salvar la Madre Tierra es defender la vida. Si dividimos ese billón de dólares al año de presupuesto en defensa y de seguridad internacional, al día se gasta como término medio 4.000 millones de dólares (166 millones de dólares cada hora o 2,7 millones de dólares cada minuto). Es decir, casi la totalidad de la deuda externa de Bolivia”, graficó Evo.

Y las palabras del Presidente boliviano desnudaron la hipocresía con la que los países industrializados asumieron la 15ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático en Copenhague (COP15), que en diciembre de 2009 puso al clima mundial al borde del abismo.

Este encuentro mundial buscaba que los países superindustrializados aceptaran emitir menos gases de efecto invernadero y que las potencias emergentes contuvieran su ritmo de producción. Así se intentaba evitar un aumento de la temperatura de dos grados con respecto a los niveles preindustriales —1,2 grados si se cuenta desde 2009—, el umbral que separa un calentamiento asumible o casi asumible de una catástrofe ambiental con daños irreversibles y con impactos socieconómicos monumentales. Todos conocían sus deberes, pero nadie los asumió. En Copenhague se había exigido que los países desarrollados emitieran entre un 25% y un 40% menos de gases de efecto invernadero que en 1990, pero las ofertas anunciadas no pasaron del  17%.

Con las propuestas conocidas, la temperatura global aumentará al menos 3 grados, porque los intereses económicos a corto plazo han prevalecido sobre la salud del planeta, sobre la preservación de la vida y una relación de armonía con la Pachamama. Y en el documento final —asumido por Estados Unidos, Brasil, India, Sudáfrica y China— se eliminó incluso “la necesidad de alcanzar un tratado jurídicamente vinculante” en la COP16, que se celebrará en Cancún, México, en pocos meses.

Es en este marco que Evo puso ayer el dedo en la llaga, porque mientras los países más ricos del mundo —los mayores contaminadores del planeta— aprobaron en Copenhague apenas un fondo de 30.000 millones de dólares, un promedio de 82 millones de dólares diarios para ‘ayudar’ a los países pobres a adaptarse al cambio climático; por cada dólar que destinen para que los países pobres ‘se adapten’ al cambio climático que ocasionan invierten 48 dólares en la industria de la muerte con el argumento de “defensa nacional”.

En este contexto, el mandatario del Estado Plurinacional de Bolivia planteó la creación del Tribunal Internacional de Justicia Climática, la disminución al 50% de la emisión de los gases de efecto invernadero y un referendo mundial para establecer los mecanismos que tienen que asumir los países para salvar al planeta.

No obstante, para que las conclusiones que apruebe hoy la primera Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra sean tomadas en cuenta durante la reunión del COP16 en Cancún no sólo será necesario que el documento sea entregado a las Naciones Unidas para que el organismo mundial asuma en Cancún su compromiso con la defensa de la vida sobre la faz de la Tierra, más allá de las presiones de los países contaminadores, sino que será imprescindible la movilización de los pueblos.

Además, el Tribunal Internacional de Justicia Climática que demandan los pueblos deberá sancionar a los Estados que no cumplan los acuerdos mínimos asumidos en el Protocolo de Kioto —que no fue ratificado por el principal contaminador del mundo: Estados Unidos—, es decir, con la reducción de los gases de efecto invernadero en un porcentaje aproximado de al menos un 5% entre 2008 y 2012 en comparación a las emisiones de 1990.

Y mientras el capitalismo amenaza con acabar con la vida, la deuda ecológica acumulada por los países del Norte frente a los países del Sur crece sostenidamente. Esa deuda es producto de los daños ambientales no reparados, por la ocupación gratuita o mal pagada de su espacio ambiental para depositar residuos, por las consecuencias que están sufriendo debido al cambio climático y otros contaminantes y por la pérdida de su soberanía alimentaria.

Y como dijo Evo: la competencia y la sed de ganancia sin límites del sistema capitalista están destrozando el planeta, porque para el capitalismo no somos seres humanos, sino consumidores. Para el capitalismo no existe la Madre Tierra sino sólo las materias primas. Es la fuente de las asimetrías y desequilibrios en el mundo porque sólo genera lujo, ostentación y derroche para unos pocos mientras millones mueren de hambre en el mundo. En manos del capitalismo todo se convierte en mercancía: el agua, la tierra, el genoma humano, las culturas ancestrales, la justicia, la ética, la muerte… la vida misma. Todo, absolutamente todo, se vende y se compra en el capitalismo. Y hasta el propio cambio climático se ha convertido en un negocio.